sábado, 7 de diciembre de 2013

9


IX.

(el día que el secreto dejo de ser tan secreto)



- Auch - decís apoyado contra la mesada, mientras sostengo (no con mucha dulzura) un par de hielos envueltos en un repasador que encontré. Te miro fijamente y vos esbozás una mueca de dolor - Me estás apretando muy fuerte.

- Perdón - pido al retirar el repasador y aprovecho para observar tu herida. La piel, enrojecida por el frío, se tiñe irregularmente de un color violáceo; esto te va a doler mucho mañana - Recuperaste el habla, así que supongo que se te fue el pedo...

Me mirás y apenas parpadeas. Cuando lograron separarlos, después de unos minutos de piñas/caídas/demás, te mandaron a la cocina a ponerte hielo en el golpe y Pablito se auto exilio a un rincón con sus amigos. No volvió a molestarme y yo baje para ir al baño, como tenía planeado.

Vuelvo a mirarte y suspiro. No sé cuál es el problema con los baños, que nunca llego a ellos.

O sí lo sé, vos.

- ¿Estás enojada?

- No - digo, apoyándote nuevamente el hielo. Me mirás incrédulo - Un poco... Bastante.

- Está bien. El ojo no tiene la culpa igual.

Me robás una sonrisa y te reís, dolorido; te va a ser difícil no gesticular con ese sentido del humor.

- En serio, no podés ponerte así Pedro - te digo cuando recobro la seriedad. Se supone que estaba enojada - Es un papelón.

- ¿Mis celos son un papelón?

- Que te pongas celoso - aclaro, especificando mi argumento y escurriendo un poco la punta del repasador que gotea intermitentemente - No tenés por qué.

- Ya sé - suspirás y clavás tus ojos marrones en los míos - Perdoname.

- Del boludo que me agarro te entiendo, estoy un poco agradecida por eso - digo, con una media sonrisa. De verdad, Pablo pedía a gritos una trompada; quién dice le hiciste un favor y le acomodaste las ideas (las comparaciones con la ex, miedo).

- ¿Le di unos buenos golpes no?

- Hubo en especial un gancho que fue para enmarcar - concuerdo, levantando una ceja - Pero quedaste en evidencia. Mal...

La mayoría debe haber pensado que saltaste por mí como hubieras saltado por Zaira. Sin embargo, la cara contrariada de Hernán luego de separarte, me hace dudar.

- Si no le pegaba yo, le iban a pegar tus amigos... Estuvieron a punto. Pero quise tener los honores - agregas, justificándote. Tenés un punto.

- Así que estás orgulloso...

- Sí - y sonreís.  Y tu sonrisa es todo.

- No lo puedo creer - digo negando con la cabeza y retirándote el hielo; la mano se me acalambro y trato de movilizar la muñeca en círculos. Vuelvo a mirarte y recuerdo de qué iba mi planteo. Es hora de sincerarme, cien por ciento - ¿Sabés que me molesta? Que te hayas enojado conmigo cuando llegué.

Fruncís el ceño, desentendido. En respuesta, revoleo los ojos, irritada; no sé cómo llamar al hecho de que me ignoraste toda la noche (si no contamos las miraditas furtivas como una interacción).

- No me enoje con vos, me enoje con la situación Pau.

No veo la diferencia; salgo perdiendo de las dos maneras.

- Está bien, pero me hizo sentir como si yo tuviera la culpa de que tengamos que ocultarnos todo el tiempo - explico y vos despegás tu cintura de la mesada, acercándote a mí y abandonando esa postura relajada. Tu seriedad me hace caer en la cuenta de qué tan grave es el problema.

- Ya sabés lo que pienso respecto a eso - simplificás, mirándome a los ojos.

- Osea que es mi culpa - digo, desorientada y vos desvías la mirada a un costado. Yo me deslizo a tu izquierda, apoyándome en el mármol.

- No dije eso - respondés, firme, y no digo nada. Solo te observo.

Se me escapa un suspiro y me muerdo el labio, dispuesta a reprimir cualquier exhalación inconsciente que pueda llegar a suceder. Sabemos que mi cuerpo hace lo que se le canta cuando estoy con vos.

No entiendo tu ímpetu en dramatizar todo; en vez de aceptar que no podemos ser vistos juntos (por razones obvias) y buscar soluciones factibles a eso, te enojas y te perdés de lo que sea que se nos ocurra como solución; como escondernos en el baño, jugar a pasarte el hielo, volvernos juntos.

Lo admito, no soy la mayor pensadora de la historia, pero me estoy convirtiendo en una maestra del engaño (sin tener en cuenta que mi hermano me descubrió y ahora soy víctima de sus extorsiones).

Apreto el labio con más fuerza.

- Pau.

Me sobresalto levemente y te miro, liberando mi labio inferior.

- ¿Otra vez estoy pensando mucho no? -digo, sonriendo apenada. Sin embargo estoy orgullosa de mi misma, antes no podía hilar dos pensamientos cerca tuyo; estoy mejorando - La situación es una mierda para mi también Pedro, pero en vez de enojarnos por eso, deberíamos buscarle la vuelta...

- Ya sé - murmurás, enfrentándote a mí como antes (con la única diferencia que ahora soy yo la que esta apoyada en la mesada). Tomo el repasador, pero el hielo ya se derritió todo; esbozo una mueca a modo de disculpa y tiro el trapo a la pileta. Vos levantás los hombros, restándole importancia.

- Qué suerte que la boca está intacta - comento, acariciando la zona golpeada mientras la recorro con la mirada y cerrás los ojos ante el contacto. Mis dedos se deslizan hasta tu boca y corro la mano automáticamente, consciente de que en ese plan voy a desencadenar lo inevitable. Esbozo una media sonrisa.

- Te extrañe mucho - decís devolviéndome la caricia y el corazón se me estruja lentamente haciéndome olvidar mi sentido de la precaución. No se puede ser así.

Acomodo mis brazos sobre tus hombros y te beso rápidamente, antes de buscar más hielo. Hay demasiada luz en esta cocina como para dar rienda suelta a… bueno, cualquier tipo de contacto más allá de un simple beso.

- ¿Qué te pasó en las rodillas?

- Mal día para el skate - comento, riéndome de mi misma, mientras empiezo a acomodar los hielos en el repasador. Todavía no sé como subí las escaleras de la terraza ni como me desplace en todo este tiempo.

Apago la luz más fuerte, dejando solo la de la mesada y cuando me movilizo para volver a mi lugar, te encuentro riéndote. No estoy inválida, pero digamos que se me complica caminar con las frutillitas y los moretones. Si es que a esto se le puede llamar así.

De cualquier manera, a vos te parece muy gracioso mi "rengueo" porque a medida que me acerco a vos, más esfuerzo hacés para reprimir tus risas. Ja-ja-ja.

Te fulmino con la mirada, lo cual te tienta aún más, y me muerdo el labio mientras observo lo que dejaron las piñas de Pablito. Vos tampoco estás muy entero que digamos.

- Pensé que se habían acabado las agresiones con el hielo - te quejás cuando apoyo el repasador sin sutileza sobre tu ceja. Enarco una ceja.

- Mientras sigas riéndote no - remarco y vos carcajeas, desobedeciéndome.

Y de repente, el hielo no me atrae como método de venganza.

- Sh... Silencio - digo, tomándo tu nuca y dejando caer el hielo por tu espalda. Vos te arqueás (puteas y haces una cara muy graciosa) y te beso antes de que tomes represalias contra mi persona (la media luz me hace sentir más tranquila).

Presionás tus manos contra lo más bajo de mis espalda, acercándome más a vos y yo clavo las yemas de mis dedos en tu nuca. Nuestras respiraciones entrecortadas se mezclan y mis suspiros se ahogan en tu boca, elevando esa inexplicable devoción por vos. Por esto.

Caigo nuevamente en ese abismo mental y tormentoso de emociones al que me llevás una y otra vez, consciente de que no estamos exactamente muy ocultos que digamos. Pero no puedo separarme porque la otra parte del mundo se vuelve demasiado irrelevante frente a lo que siento cuando estoy con vos.

- Ah bueno - esboza una voz, a varios metros nuestros, pero un obvio testigo de lo que acaba de acontecer. Nos despegamos al instante y me encuentro con la persona menos indicada para descubrirme - Perdón.

Flor me dedica una última mirada de desaprobación antes de desaparecer de mi vista y de repente toda la diversión del incógnito se va a la mierda. Ni la poca luz, ni una lamentable excusa, o la ingestión de alcohol pueden hacerme safar de esto.

Mi respiración se acelera y la angustia crece en mi pecho haciendo dolorosa la simple respiración; con solo mirarme, Florencia consiguió hacerme sentir horrible (y ni hablar de cómo me arruino el momento). Me molesta sentir que le debo explicaciones, cuando ya se que tomó partido por Zaira, incluso sin haberme escuchado. Me duele, porque diga lo que diga, se que no va a ser suficiente. Que mis respuestas van a ser vagas y poco concisas.

Y contradictoriamente me importa lo suficiente como para ir y perder mi tiempo en explicar.

Poco a poco, a medida que reacciono, te suelto la mano con dificultad (de la sorpresa, te agarraste de mí más fuerte) y modulo un "perdoname" antes de salir disparada de la cocina, sin un rumbo especifico. Creo que me gritás algo, pero no te escucho con claridad.

Abro la puerta de entrada sin pensarlo dos veces y miro hacia ambos costados de la calle en busca de mi amiga. Creo verla a varios metros y antes de que mi mente elabore la orden, ya estoy corriendo. Y mi corrida es torpe y dolorosa.

- ¡Flor, flor! Pará - grito, corriendo tras ella y finalmente alcanzándola en la esquina. Mis rodillas gritan de dolor y ni atino a tocarlas; es para peor. Florencia, ofuscada, al fin se digna en parar y se da vuelta, aún sin mirarme.

El silencio pronto se adueña del momento y la incomodidad que viene consigo se hace insoportable. Mantengo mi boca cerrada; no sé exactamente qué decir y estoy segura que las palabras saldrían en tal orden que echaría todo a perder y no corrí media cuadra para nada. Se sentiría a la defensiva y justamente no es lo que quiero…

El viento eriza mi piel y acaricio mis brazos, en busca de calor. No hay un alma en la calle, tan solo una brisa discontinua y nosotras. Exhalo lentamente mientras la miro incrédula; nunca tuve que tomar tantas precauciones con ella.

- ¿Qué estás haciendo Pau? - pregunta finalmente, volviéndose hacia mí y frunciendo el ceño, como si estuviera esperando no se qué. 

- Te estoy corriendo hace 1 cuadra - digo con obviedad, levantando las cejas, y Florencia revolea sus ojos marrones.

- Qué estás haciendo con Pedro...

- No sé - digo con sinceridad, levantando los hombros y haciendo una mueca. De verdad no lo sé. Se supone que no debería estar haciendo nada pero lo estoy. Y si lo supiera, probablemente las cosas no serían de esta manera. O quizás lo sé y prefiero seguir haciéndome la boluda, para retrasar la charla que no quiero tener… con Zaira.

- ¿Cómo no sabés? - inquiere, con un tonito que supera lo molesto y que viene utilizando desde la pregunta anterior. Si ya sabe, no sé para que pregunta.

- No, no sé como explicarte - contesto, tratando de relajarme - Ni yo entiendo.

Suspiro. No puedo estar lejos tuyo, es lo único que tengo por seguro. Pero esa no es justificación suficiente, al menos para los demás y menos para Florencia, que escucha entre asqueada y ofendida cada una de mis contestaciones.

- Deberías saber, ¿no te parece? - musita.

- ¿Me vas a dar un discurso de moral? - pregunto irónica, sin poder controlarme. Quizás demasiado a la defensiva, pero su forma de atosigarme no me permite otra cosa. Si pregunta, debería estar dispuesta a escuchar mis respuestas, aunque sean vagas, incompletas e insatisfactorias.

- No, solo te recuerdo de quién estamos hablando. Y te aconsejo que lo sepas pronto, si no querés mandarte una cagada.

Tar-de.

- ¿Entonces por qué suena como un reto? - pregunto, dolida. Se supone que somos amigas y podría darme la oportunidad de contarle. No ser tan pedante - Se quien es Pedro y pienso todos los días en eso. Pero no lo puedo evitar.

- ¿Vas a contarle a Zaira? - dice, ignorando por completo lo que acabo de decirle. Me muerdo el labio con fuerza.

- No sé Flor - respondo, insegura. Digamos que es uno de los ejes principales de mi angustia cuando me visita el remordimiento - Cuando sea el momento.

- ¿Y eso cuando va a ser?

- Demasiadas preguntas ¿no te parece? - me quejo, sintiéndome en un interrogatorio policial. No se por qué me afecta tanto, si ya sabía que iba a hacer algo así. Tomo una bocanada de aire, tratando de serenarme - Pronto, primero quería saber qué tan serias eran las cosas con Pedro. Si valía la pena.

- Y chapartelo un par de veces porque estás aburrida le da mucha seriedad eh… Dejate de joder Pau - contesta completamente irónica, dando por sentada una hipótesis que nunca comprobó y que ni hubiera formulado si me estuviera prestando un poquito de atención en vez de obstinarse en culparme y condenarme por el mero hecho de haberme visto chapando.

Los ojos se me empañan, de la bronca, y hago un esfuerzo por no perder los estribos ¿Cuál es la manera correcta de responder a semejante estupidez?

-      Estás diciendo pelotudeces Florencia...


 - Ay por favor, vivís diciendo que no querés nada serio con nadie, ¿Me vas a decir que en un par de semanas que volviste, te enganchaste con Pedro? - inquiere, acusadora. Ya no se si tiemblo del frío o de la bronca, pero la situación esta volviéndose insostenible.

- ¿Sos mi agenda personal que llevas cuenta de mi vida social y no me di cuenta? - respondo, enardecida. El rostro de Florencia se endurece mientras empieza a sacar conclusiones de lo que acabo de decirle. Se que está haciendo cuentas y tratando de recordar mínimos detalles, pero tan solo detectando la ironía de mi comentario puede darse cuenta que esto no es de ahora.

- Ah sos una forra, ¿hace cuánto estás con esto? - inquiere, indignada. La miro pasmada, no por la pregunta sino por el insulto - ¡Qué amiga eh!

- Deja de hacer este tu problema, el mundo no gira alrededor tuyo - le espeto, desencajada y Florencia retrocede un paso. Nunca nos habíamos peleado; desde que la conozco, ella siempre fue la mediadora entre Zaira y yo y la más tranquila de las tres.

- Sabés que pasa Paula, ya estoy involucrada - me grita, con obviedad y humedezco mis labios, mientras miro hacia un costado -Como los vi soy cómplice de lo que sea que tienen entre ustedes. Y no quiero.

Y la entiendo, pero me duele que no pueda ponerse en mi lugar también. O preguntarme como me siento, en vez de sacar conjeturas.

- Anda a contarle a Zaira, dale, capaz eso te hace sentir mejor - propongo, dolida y ella se ríe, con sarcasmo. Desvío la mirada; esto de desafiar en cada respuesta se nos está yendo de las manos.

- No puedo - dice y se mueve sobre su lugar, inquieta. Estira su blusa verde agua y acomoda la tira de su bolso camel sobre su hombro; yo me mantengo estática en mi lugar, jugueteando con la cadena de la mía - Lamentablemente soy amiga tuya también.

No pense que ser amiga mía era una razón a lamentar.

Suspiro, exhalando enojo y no sé cómo el asunto se volvió absolutamente acerca de ella. Ni siquiera de Zaira o de la "gravedad" de lo que estoy haciendo. Sino de cómo la carga de ella se volvió un poco más pesada.

- Te libero de cualquier culpa - aseguro y pongo una mano sobre su hombro, eximiéndola de su propio egoísmo. Ella niega con la cabeza, como si estuviera sobrepasada… que alguien me explique ¡¿¡¿de qué?!?! - Hace lo que quieras Flor.

- Ojalá funcionaran así las cosas - me dice, como si estuviera reflexionando un problema existencial. La miro incrédula porque su actitud está muy fuera de mi liga - No voy a decir nada... Pero tampoco quiero saber.

Y cuando habla, lo hace como si estuviera siendo condescendiente conmigo. Como diciéndome: agradeceme este acto de bondad Pau.

Chasqueo la lengua, mientras camino sobre mis pasos brevemente. Yo solo quiero decirle que se vaya a la mierda.

- Tu decisión... - digo, parándome frente a ella y sin más ganas de discutir algo que no nos va a llevar a ningún lado. Solo a lograr un daño irreversible.

De pronto, baja el cordón, decidiendo, sin consultarme, que la conversación acaba de terminarse. Para el primer taxi que pasa y se da vuelta para mirarme antes de subir, avisándome su retirada. Qué considerado de su parte.

- Me voy, no tengo nada más que hacer acá.

- Muy bien.

Y nada esta bien.


A esto me refería! Este capítulo también es de mis favoritos. TeamPau a full.

El próximo mañana!

Lu.

jueves, 5 de diciembre de 2013

8


VIII.


(el día de la fiesta en la terraza)


Nunca hay que traicionar a los instintos, especialmente si suelen acertar tanto, como los míos. Hoy siento que debería haberme quedado mirando Games of Thrones (nueva serie a la que soy adicta) en casa, con el aire acondicionado a mil y todas las colchas encima mío, simulando un invierno cruel (al final, si me acostumbre a Washington). Pero no estoy en mi casa ni en mi cama (ni en la de otro).

Miro asqueada el medio vaso de cerveza que sostengo en mi mano, y esquivo el cigarrillo de una recién egresada, que maniobra el cigarrillo como si fuera un chupetín. Siempre lo dije: si no sabes fumar en un boliche/fiesta, no fumes.

Te miro de reojo desde la otra punta de la terraza. Pero vos estás ocupado haciendo fondos de fernet con tus amigos y me ignorás cada vez que nuestras miradas se cruzan. Revoleo mis ojos verdes.

Estás enojado porque prefiero evitar el contacto en público lo más que se pueda. Sí, A.T. (Antes del tejado) nos llevabamos bien, pero en este tipo de encuentros solo cruzábamos un hola y chau, o alguna charla banal entre trago y trago. Sería muy raro tanta amistad de repente.

Tiro la cerveza caliente en un tacho que encuentro por el camino y mientras, doy un paneo general y ratifico lo de todos los años: las fiestas en lo de Nan siempre son lo más.

Desde que sus hermanos iniciaron con las "reuniones", se volvieron tradición para cualquiera que fuera (o haya ido) al Santa Brigida. Probablemente porque su casa es grande, sus viejos nunca están y sus hermanos eran (y siguen siendo) la peor representación de autoridad.

Hernán me saluda desde lejos y sonrío; somos amigos desde mucho antes que nos dieras la bendición para juntarnos con ustedes (o a Zaira, específicamente), de modo que mi invitación estuvo implícita desde que Nan y yo compartíamos las reuniones del cuerpo de líderes del colegio (incluso, fuimos guías en un par de campamentos juntos).

Humedezco mis labios, mientras camino en busca de alguien conocido: a Florencia la perdí ni bien llegamos y Zaira ni siquiera vino; Tato la invito a una fiesta de sus amigos rugbiers, allá en Pilar, y obviamente tiro por la borda cualquier otro tipo de planes (después de querer intentar cambiar los míos y los de Flor también). En otro momento me hubiera molestado su actitud, pero que ella este ocupada, estupidizada y feliz hace las cosas más fáciles. Nuestras cosas, claro.

Esos pensamientos revuelven la culpa que me envolvió el día de hoy: me siento la peor amiga que existe, dejándola en banda (aunque haya reemplazado mi compañía en minutos) y alegrándome que esta lejos y en otra fiesta. Y estando con el hermano, es decir vos.

Carraspeo mientras me apoyo contra la pared más cercana y dejo que la brisa refresque mis mejillas; no hace exactamente una temperatura elevada pero tanta gente en conjunto ayuda a que suba. De repente, la culpa se disipa cuando pienso en lo viable que acaba de volverse la vuelta de la fiesta... Con vos.

Observo el desastre que son mis piernas (mala idea ponerme pollera) y elevo a 5 el número de lastimaduras: 3 raspones, un moretón que está de un color violeta espantoso y uno nuevo que acaba de salir. Genial.

- Hey Pau - me gritan a unos metros de donde estoy parada - Vení tetitas - me dice Fabricio, mi mejor amigo, acercándose a mí. Que hijo de puta.

- ¿Nunca se gasta ese apodo no? - pregunto, mordiéndome el labio y reprimiendo una risa. Un divino apodo que me puso en primero (con mucha confianza por cierto), cuando una tabla de planchar no era muy diferente a mí. Gracias a dios las cosas cambiaron.


Me río a carcajadas con mis amigos del colegio una vez que me integro a su ronda. Entre ellos, Agustín, mi primer novio, el del video de la fiesta. Te veo fruncir el entrecejo y revoleo los ojos. Teníamos quince años, no me dio más que un beso.

Me cuentan las giladas que hicieron recientemente en sus vacaciones en Colombia y cómo Tony, uno de los chicos, se levanto una mina y la quiso llevar a la casa donde paraban... Y termino siendo una puta. Una muy cara.

Siento tu mirada clavada en mi nuca, cada vez más fuerte a medida que me río y hablo con los ellos. Me irrita en algún punto; siempre fui de llevarme más con los varones que con las chicas y lo sabés.

A veces, dependiendo de dónde iban ellas a bailar, prefería ir a tomar algo con los chicos, jugar al póker o al pool. Es más, estoy incluida en el whatsapp chat de ellos y soy miembro activo compartiendo chistes y anécdotas (y bueno, muchas veces se olvidan que soy mujer y no hay filtro para el porno). Eso no lo sabés, pero sos consciente de la afinidad que tengo con mi grupo de amigos hombres entonces...

Aparte no es como si no prefiriera estar hablando con vos en este momento. Es lo que más quisiera, pero por más que me sobrepasen las ganas de ir, sentarme en tu regazo y que estemos juntos, hay que hacerse cargo de la situación en la que estamos. Así que después de esta actitud de nene de jardín, desenojarte solo es tu propio reto… si aún planeas volverte conmigo.

En un parate de la conversación Fabri aprovecha y me aparta unos segundos de la ronda para hablar y hacer un ping pong de novedades: el me cuenta los quilombos en su casa (sus padres, están al borde del divorcio, su hermanas más chicas, consternadas) y yo los míos, aparentemente solucionados (lo de mis hermanos, obvio). Me cuenta que se lo cruzo a Marcos (mi ex), bardeada de por medio, y le pido que nunca me cuente nada más de él. Ya cumplí mi cuota de disgustos del año y desde que me bloqueo en Facebook le di de baja para siempre.

A pocos minutos, mi celular vibra y sinceramente espero que no seas vos, aunque es obvio por el amontonamiento de letras y palabras sin sentido, efectos del consumo excesivo de Fernet. Y el "Pedro Alfonso" que delata el destinatario.

"Cuacnlqueura uqe este s cone ellso"

Revoleo los ojos, después de descifrar tu ilegible mensaje (el alcohol altero tus actividades motrices, sino le estás pifeando heavy al teclado) y me doy media vuelta sobre mí misma, para que salgas de mi campo visual. Prefiero no verte.

- ¿Qué pasa Pau? - pregunta Fabri, después de ver mi cara, desencajada probablemente. Siempre fui incapaz de ocultar mis emociones (y a mis expresiones faciales les encanta delatarme).

- Un idiota operado del cerebro, machista y de River Plate - sintetizo, mientras guardo el celular en mi cartera, y mi amigo carcajea, entendiendo exactamente a qué me refiero. "Chongos" - Voy al baño, pero eso sí, mañana vamos a las rampas nuevas. No me olvido eh - aseguro antes de dirigirme a las escaleras y mis rodillas se resienten al escuchar el comentario.

Exhalo aire brevemente. En realidad, es toda una excusa para que dejes de molestarme con esas miradas furtivas. Quizás también, una invitación a que bajes, así puedo explicarte... No sé. Me siento una tarada, eso es lo único que puedo dar por sentado.

- Hola linda - me dice un desconocido, interponiéndose en mi camino. Arqueo las cejas, mientras lo miro con desinterés. Sus ojos azules brillan y no se molesta en disimular como me mira de arriba a abajo. Genial, otro pretendiente más.

- ¿Hola? - inquiero, irónica y abriendo los ojos - ¿Me dejas pasar? Estoy yendo al baño... - digo, con el mismo nivel de irritación. Mi interlocutor no se molesta en lo más mínimo por mi tono, lo cual me molesta aún más.

- Te acompaño, justo estaba yendo también - asegura, mientras se acomoda a mi izquierda para que caminemos juntos ¿Perdón?

- No, no estabas yendo - espeto, dejándolo en evidencia y volviendo a caminar, implorando porque no estés viendo esto. El fernet y tus celos no parecen ser una buena combinación. Avanzo un metro, pero el pesadito se adelanta y vuelve a pararme.

- Esta bien, me descubriste - se disculpa, con una media sonrisa, tratando de robarme una. Lo miro con desinterés y miro hacia un costado, mostrándole mi poco interés en esta conversación - Disculpame, te vi pasar y no podía dejarte ir. Soy Pablo.

- Wow. Bueno, ya me viste - respondo, con una falsa sonrisa. No suelo ser tan ortiva ¿Pablo?, pero necesito que te evapores ya.

- ¡Hey para! Que mala onda - se queja Pablo, haciendo malabares con el vaso que tiene en la mano. El colmo sería que aterrice encima mío - ¿Por qué estás tan apurada? Es algo generalizado eh, la gente tiene que bajar un cambio y disfrutar un poco la vida - me explica, sonriendo todo el tiempo. Esto va para largo - ¿Querés?

Me extiende un cigarrillo y tengo un flashback del día de la pileta. Soy la peor fumadora de la historia.

- No fumo... – digo, con una mueca y Pablo pone el cigarrillo en su boca - ¿Sos una especie de predicador, testigo de Jehova o qué onda?

- No estoy pegando una ¿no? – responde y me rio - ¿Cuál es tu nombre?

- Jacinta.

- Lindo nombre – reflexiona seriamente y no puedo creer que esto sea real. Si no me esta siguiendo el juego muy muy boludo – Sabés Jaz, sos igual a mi ex…

De todas las cosas que me dijeron, nunca escuche algo parecido. Rompo en carcajadas (aunque hago el esfuerzo por retenerlas en mi garganta) y Pablo me observa desentendido. Un gps para él, por favor.

- ¿Qué?

- ¿Me estás jodiendo no? ¿Este es tu chamuyo para levantarme? - digo agitada, mientras me recompongo por la falta de aire e intento no mirarlo a los ojos para no volver a reír. Arremango mi campera de cuero y escondo los labios, evitando tentarme.

- Sos mejor que ella - asegura y frunzo el entrecejo negando, sin poder creerlo aún. Mi cuota de ridiculeces está completa esta noche.

- Gracias supongo - digo abriendo los ojos mientras miro a un costado y asiento para mí misma. La gente a nuestro lado empieza a mirarnos con interés y digamos que no me gusta ser el centro de atención. Baño. Ya. - Voy al baño.

- Para para para, ¡no te vas a ir así!

¿Y como debería irme?

Lo miro con obviedad, mientras trato de superar la camisa espantosa que tiene puesta, y sus intentos dejan lo gracioso para ser molestos. Este flaco es idiota de verdad.

- Dame un beso - me pide al oído cuando intento esquivarlo e irme por la izquierda. Sus amigos miran la escena con sonrisas de aprobación mientras las personas más alejadas se unen al show.

- Soltame flaco - pido con firmeza y mirándolo a los ojos. Su mano no se afloja ante mi pedido, y aunque no lo hace muy fuerte, no deja de ser desubicado y desagradable.

- Dale.. - dice con una media sonrisa y por mi cabeza solo se cruza un pensamiento: ojalá no estés viendo.

Siento sus dedos desprenderse de mi brazo cuando lo empujás (de la absoluta nada) y Pablo tambalea unos metros, pero no cae al piso. Lo cual es muy impresionante, considerando la cantidad de alcohol ingerido en la fiesta.

- No te das cuenta que no quiere - balbuceás (o al menos eso es lo que entendí yo) y tengo que correrme para evitar quedar en medio de ustedes dos y ser usada de punching bag.

Pronto se vuelve un rejunte de gente, peleándose entre sí, y te busco con la mirada desesperadamente, desde una distancia prudencial. La resaca va a ser el menor de tus problemas mañana.


 El que sigue es una bomba. Saluditos!


martes, 3 de diciembre de 2013

7


VII.


(el día que aprendí que mañana y clandestinidad no son una buena combinación)

- Esto no está bien - suelto, sin pensar, y tu remera se queda enredada entre tus brazos. Me recuesto dos segundos en el respaldo del sofá antes de darme cuenta de tu silencio y de cuan mal sonó esa frase. Yo y mis impulsos… y mi pésima selección de palabras para hablar - No esto de nosotros - aclaro y vos respirás. Se que estás maquinando así que me apresuro para formular frases más… adecuadas para lo que quiero en realidad decir - Esto de que vos venís, de la absoluta nada, y yo no soy capaz de pensar dos minutos en que puede venir alguien.

Esto de que no puedo decirte que no.

- Pero nadie vino Pau - decís y yo revoleo mis ojos verdes, que normalmente, tienen un color más apagado (no se me ocurre ninguna razón por la que brillen tanto… apta para estas horas). Niego rápidamente con la cabeza; es obvio que nadie apareció, sino no estaríamos semi desnudos en el sillón (vos, en realidad, yo ya estoy vestida). No es que me queje de la vista igual.

- Tuvimos suerte hoy... Mañana no sé - te respondo incorporándome sobre mi asiento y de repente me siento la grinch de los amantes secretos. Pero de verdad, necesito empezar a hilar ideas como una persona normal cuando vos estás cerca mío, no podés afectarme tanto y hacerme tan…inconsciente. Dejo escapar un suspiro .

- Afiladorrrrr - susurrás gracioso mientras depositás besos en mi cuello, cuando nos invade el silencio, y no puedo evitar romper en risas.


(Flashback)


Hoy, Jueves, 9 am. Mi situación: vestida con mi remerón de Judas Priest que uso para dormir, absolutamente reticente a aceptar que mañana vuelvo a la facultad. Mis planes para hoy: pasar el día en la cama, a forma de protesta.

Revuelvo mi yoghurt con cereales (son fan de las almohaditas de avellana) mientras me aburro mirando A.M. Odio el periodismo amarillista, pero no encuentro el control y el televisor esta muy lejos para cambiar el canal manualmente.

El día está encaminado para cumplir con mi deseo: no hacer nada. Claro que el universo no podía dejar que eso pase: el timbre aturde mis oídos y adivino de quién se trata. Todas las semanas viene el cartero a traerle algo a papá (es ley) y la única boluda que está para firmar la entrega soy yo.

Resoplo, mientras improviso un rodete en mi pelo castaño y comienzo la eterna búsqueda de mis llaves; están en donde las deje… lugares potenciales: living, cocina y cuarto. Vuelve a sonar el timbre y empiezo a alterarme; estoy dormida y odio el sonidito, la melodía y el volumen insano con el que suena.

Subo hasta mi habitación y cuando las encuentro (en la cartera que use ayer) escucho nuevamente el timbre de la puerta. Y mi paciencia se va al tacho.

Corro escaleras abajo, sumamente molesta y despreocupada de salir así a la calle (si es el cartero, ya está curado de espanto conmigo y si no, mala suerte). Desactivo la alarma y cuando abro la puerta, le pongo énfasis a mi actitud de ermitaña con un "¡¿¡¿Quién es?!?!" a los gritos.

- ¡Afilador! - me gritás al verme, desde la entrada, con una remera violeta, rosario de madera y una sonrisa de par en par. Todo esto te parece muy gracioso se ve. Me muerdo el labio con ganas, mientras reprimo una puteada. No lo puedo creer.

- ¿No querés tocar el timbre de nuevo? - pregunto irónicamente mientras bajo las escaleritas, entrecerrando los ojos por el sol. Cuando se acostumbran a la luz y logro abrirlos completamente, soy capaz de apreciarte. Y aunque te este odiando, no hay mejor forma de empezar la mañana.

- ¿Solo lo toco una vez o hago escalas? - me preguntás, haciéndote el vivo, y niego con la cabeza con desaprobación. Me pregunto por qué tanta energía a esta hora.

- Dejemoslo así mejor - digo, mientras abro la reja y pedís permiso para pasar (esos arranques de educación me matan). Me limito a tomarte la mano y tironearte para entrar. Vos me sonreís - ¿A qué se debe tu visita?

- Estaba por el barrio - me respondés, aún tomado de mi mano. Te miro graciosa y vos te reís, inocente.

- Pedro, vos vivís en Palermo - digo, resaltando lo poco posible que es que un día de semana estés paseando por Caballito. Revoleás los ojos y negás con la cabeza, porque desbarate tu mentirita.

- Tenía ganas de verte, ¿así esta mejor?

- Mucho mejor - asiento y te beso brevemente, antes de subir las escaleritas y mirar los alrededores (ya se volvió una costumbre). Me adelanto para abrir la puerta de casa y vos me seguís, no muy atrás - Igual es más lindo verme a la tarde... Estoy más despierta, divertida y presentable, sobre todo - agrego, riéndome de mi misma y de mi facha. Vos exhalás, completamente en desacuerdo con lo que te digo.

- A mi me encanta como estás ahora - respondés serio y decido no tocar más el tema. Mejor que te guste así, porque no pienso producirme a la mañana si pensás caerme de sorpresa más seguido.

Voy a buscarte un vaso de agua, después de ofrecerlo y cuando vuelvo, te encuentro colgado mirando las fotos familiares. Me muerdo el labio, enternecida; realmente a veces me sorprende lo mucho que te interesan mis cosas. Si siempre fue así, no entiendo como nunca me di cuenta.

Cuando te veo llegar a las fotos de mis quince decido que es hora de captar tu atención si quiero que nos sigamos viendo.

- ¿Este es Miguel? - preguntás completamente tentado, señalándome el cuadro de mis tíos, mi papá y mi hermano disfrazados de mujeres, mientras disimuladamente agarro los míos. Ocultar la gigantografía ya es un caso perdido.

- Si disfrazados para mis quince. Con las chicas bailamos Moulin Rouge y después me pasaron el videoclip con ellos, para que aprenda a "bailarlo" bien - respondo entre risas recordando el video. De verdad que termine traumada cuando me interrumpieron en medio del baile.

- No me acuerdo de tus quince...

- No viniste - contesto rápidamente con una mueca y vos me mirás para luego asentir - Tenías un recital o algo así... Algún día te muestro el video.

- ¡Y el de la fiesta! - agregás, mientras te sentás en el sofá a metros de la cómoda. Enarco una ceja.

- ¿Para qué Pedro? - pregunto y me horrorizo ante la idea. Esa época de mi vida intento mantenerla bajo llave (aunque mis papás no se cansan de pasar y pasar el video en las reuniones familiares).

- No sé, me da curiosidad. Quiero verte con el vestido - decís y frunzo el ceño. Tiene que ser joda.

- Claro, cuesta mucho imaginarme vestida así ¿no? - digo, señalándo mi remerón y vos negás con la cabeza entre risas - Te cuento que estaba de novia con mi primer novio en ese momento, muchos primeros planos, no creo que sea muy divertido para vos - comento, desplomándome en el sofá también y borrándote cualquier atisbo de sonrisa. Esto va a ser divertido.

- Ah... - decís, secamente. Mirás hacia al frente, mudo, y tengo que taparme la boca para no romper en carcajadas.

- Te estoy jodiendo - digo, entre risas y vos me mirás, aún serio - Es verdad que estaba de novia, pero ni bola le di en la fiesta - explico, pero mirás hacia el frente - Hey ¿te pusiste celoso? - pregunto acercándome y susurrás "un poco" luego de pestañear - Qué tonto que sos - te digo y por fin te contagiás y reís conmigo. Y cuando atinás a hablar te callo de un beso... Como para que dejemos de hablar un poco.

(Fin flashback)


- Perdoname Pau, tenés razón.

Recuesto mi cabeza en el sofá y te miro, mordiéndome el labio. Seriamente esto de colgarme mirándote tiene que terminarse.

- Ya está, la próxima me av - digo una vez que me despego del respaldo cuando siento la reja de la entrada y las pulsaciones se me van a la mierda -  La puta madre, mi mamá y mi hermano,  ¡escondete!

- ¿A dónde? - inquirís sobresaltado y agarrando tu remera (todo lo demás está en su lugar).

- Arriba, a mi habitación, el placard, ¡activa Pedro! - murmuro alterada y vos corrés por la escalera mientras vas poniéndote la remera.

Peino mi cabello entre mis dedos, tan rápido como puedo y vuelvo a sentarme en el sofá. Agarro una revista que encuentro en la mesita, comienzo a ojearla al tiempo que escucho como la llave se introduce en la cerradura. Espero que hayas encontrado mi cuarto.

- Paula, ¿vos sacaste la alarma? - pregunta mi mamá luego de entrar, tras mi hermano. Gonzalo se pierde de vista (y me perdí su saludo, si es que me saludo) y me levanto, para acercarme a ella.

- Sí ma - respondo con naturalidad y decido que brindar información parcial no es mentir - Es que tocaron el timbre y abrí para ver quien era.

- ¿Y?

- El afilador - suelto y Alejandra frunce el ceño, pensativa. Sacude su cabeza después de unos segundos y comienza a subir las escaleras. Me apresuro para seguirle el ritmo y subo tras ella. Necesito mantenerla lejos de la habitación.

- ¿Y vos? Pensé que trabajabas hoy… - pregunto, para pararla en el pasillo. Su cuarto está pegado al mío y si no estás escondido, esta especie de charla madre e hija tiene que darte el tiempo para que lo hagas. En silencio por favor.

- Tuve que acompañar a tu hermano a una entrevista en tu colegio… rogar prácticamente para que le den una vacante. A él y a tu hermana - explica y exhala ni bien termina la frase. Asiento con una media sonrisa, entendiendo que rogar implico también poner una suma más de dinero sobre el escritorio del recto, y  mamá comienza a inspeccionarme de arriba a abajo con el ceño fruncido, súbitamente interesada en mí. Carraspeo para que termine con el examen visual y cuando pone "esa" cara, se que exactamente las palabras que van a salir de su boca - ¿Qué hacés en pijama todavía Paula? ¿Dormiste hasta esta hora?

Bingo.

- No mamá, colgué nada más - sintetizo. Madres, no soportan que uno este de vacaciones o que pueda dormir hasta entrada la mañana.

Se prepara para contra atacar y se que tengo que desviar el tema sino quiero que la charla desemboque en discusión y mamá termine retirándose a su habitación enojada. O peor: que se dirija a la mía para encontrar nuevas situaciones para pelear.

 - Sabés, en un rato me voy a la nueva rampa que pusieron, cerca de aeroparque - comento, capturando totalmente su atención. Ella y el skate no se llevan muy bien que digamos… Quiso confiscarmelo a los 17 y lo logró, pero yo me compre uno con mi propia plata… Y fue muy feliz hasta que los agujeros en los pantalones y las frutillitas en las rodillas me mandaron al frente. Pero no le quedo otra que aceptarlo.

- No, no, no, ya te dije que no quiero que hagas eso Paula - responde preocupada pero cuando pongo los ojos en blanco, dejando en claro cuánto me importa lo que me diga, lanza un suspiro - Extraño cuando jugabas al Hockey.

- ¿Sabés que en el Hockey también te lastimas no? - contesto y ella ríe con tristeza. No entiendo por qué tanta tragedia.

Me dirijo a mi habitación pensando qué ponerme cuando recuerdo que hay algo más importante que ropa en mi placard. Vos.

- ¿Pedro? - susurro mientras abro lentamente las puertas de mi armario y te encuentro ovillado entre mis sweaters y camperas. Reprimo una risa cuando me lanzás una mirada de odio - Ya podés salir.

- Rico el desodorante de ambiente - comentas y esbozas una media sonrisa mientras te ayudo a salir del armario. Despeinas tu cabello con tu mano izquierda, ya que la restante esta tomada a la mía.

- Andá, está sin alarma la puerta - digo, tiroteando levemente tu brazo. Vos hacés una mueca (por favor no me hagas arrepentirme de pedirte que te vayas) y me besas, antes de desaparecer por el umbral. No te escucho ni bajar las escaleras y me sorprende tu habilidad para escabullirte. No sé qué tanto me gusta la idea.

Suspiro y frunzo los labios mientras trato de armar un conjunto en mi cabeza y me anoto mentalmente mensajearle a los chicos para encontrarlos en el parque. Revuelvo los cajones, sin encontrar nada que me convenza; esto de tener más ropa solo complejizó la tarea de elegir que ponerme.

- Che Pau... No sabía que Pedro se dedicaba a la afilación - comenta mi hermano con sorna, entrando a mi habitación sin pedir permiso y tomándose la libertad de sentarse en mi cama. Me mira, divertido, y de repente mi pequeño (no tan pequeño) secreto deja de estar a salvo.

- ¿Es una palabra nueva que aprendiste? - respondo, dándome vuelta y concentrándome en mi ropa. Quizás si le doy poca importancia termina por aburrirse y volver a su play, a su noviecita de fines de semana y me deja en paz.

- ¿Preferís escapismo? - responde con una media sonrisa y entiendo que todo este asunto le es demasiado divertido para dejarlo ir. Suspiro antes de voltearme, completamente desorientada sobre qué hacer.

- No digas nada, por favor - pido, seriamente, sentándome a su lado en la cama. Gonza me mira atentamente.

- Tranqui Pocha... Soy una tumba.

Sí, claro.

- Mmm... no se por qué no me cierra tanta bondad desinteresada… - comento levantando mis cejas, descreída de sus buenas intenciones. Conociéndolo no va a dejar esta oportunidad ir.

- Qué mal pensada - dice fingiendo sorpresa y mi expresión escéptica le roba una carcajada- Y hacés bien, ya se me va a ocurrir qué pedirte.

Y se atreve a sonreír.

- Qué lacra que sos - respondo, negando con la cabeza y presionando mis dientes contra mi labio inferior. Gonzalo se incorpora y avanza hasta la puerta, sonriendo ampliamente. Yo hago lo contrario, recostándome en mi cama y haciéndome a la idea que mi hermano me tiene entre la espada y la pared. Se que no va a hablar, pero que lo haga desencadena demasiadas consecuencias poco favorables para mí y para todos. De nosotros ni hablar.

- Pau… Me gusta la pareja - dice desde el umbral de mi puerta y le sonrío, antes de que termine de desaparecer por el pasillo.

A mi también.


Aquí tienen bebecines. De mis favoritos, lejos. Por ahora, vienen zafando... vamos a ver cuánto les dura jajaja.

Besos de Pedros!

lu.
 


domingo, 1 de diciembre de 2013

6


VI.

(el día que me volví experta en materia de sorpresas)


No veo cómo esta idea de sorprenderte pueda resultar bien. No soy fan de las sorpresas y más allá de las incógnitas emocionales (que obstaculizan tomar decisiones con rapidez), los dilemas existenciales de mi casa son lo suficiente pesimistas para contagiarme.

Entre otras novedades, a mi hermano definitivamente lo expulsaron del colegio luego de varias apelaciones (está a punto de empezar quinto año) y el nivel de stress por encontrar una vacante tiene alterada a toda mi familia.

Gonzalo era un buen alumno, pero ni eso lo salvo de la expulsión después de detonar una especie de bomba en el patio del colegio con dos amigos a mediados de Septiembre del año pasado… en joda, pero claramente desconociendo la posible magnitud de lo que hicieron. Unos ignorantes idiotas a pedal y derivados.

Iba a un colegio laico, a diferencia del mio, pero varios padres son judíos... E indirectamente se sintieron agredidos, heridos y lo siguiente. El final, imaginable: reunión de la directiva, unas quejas de varios padres y la expulsión ya decidida de antemano. Sin embargo tuvieron la suficiente consideración de dejarlo terminar el año y no echarlo en la mitad del cuatrimestre. Y también fueron lo suficientemente considerados para sugerir el cambio de Delfina también (aplíquese ironía).

Me muerdo el labio, mientras esquivo baldosas rotas. Encontrar una excusa creíble y convincente para que mi mamá me deje irme a dos horas de haber llegado fue tedioso y agotador. Llevarme a mí misma hasta tu facultad, con la poca fuerza física y mental que me queda, es aún incomprensible.

Bostezo al recordar cómo tuve que tirar todas mis cosas (valija incluida) encima de la cama para no sucumbir a su comodidad después de bañarme. Soy débil y mi colchón la mayor tentación después de pasar horas en el incómodo asiento del avión (y de que los de al lado me robaran la mantita que me correspondía). 

Estoy en unas eternas 3 cuadras; interminables porque, cada vez que avanzo, me doy la vuelta para volver.

No me considero una persona insegura, pero esta última semana estuve irreconocible. Pensé que llegar acá y enfrentarme al hecho de tener que verte me haría recobrar la seguridad que me caracteriza.

Subo el volumen de mi iPod, dejándome casi sorda con el rock más pesado que tengo, evitando pensar. Camino por inercia, pero lo suficientemente rápido para llegar puntual a tu horario de salida.

Diviso TEA en la cuadra siguiente y vuelvo a morderme el labio, mientras me miro en el reflejo del celular. Es lo mejor que pude hacer con las pocas horas de sueño y de jetlag que llevo encima.

Me estoy acercando a la esquina cuando te veo, radiante y muy serio (demasiado), salir de TEA con el cuadernillo y birome en mano. No existen mochilas y bolsos para vos.

Decidida (y casi con el corazón fuera del pecho) camino en dirección a vos, que seguís sin verme, y miro hacia ambos lados antes de cruzar Junín. Reprimo mis ganas de reventarte de un abrazo, aunque estoy a un par de metros, cuando Hernán aparece en mi campo visual y disuelve cualquier esperanza de sorprenderte. Y para colmo, me chifla, grita, me hace señales de humo (lo que quieras) desde tu lado.

- ¡Pau! -exclama y se acerca a mí con una sonrisa (y recién ahí vos te das cuenta que estoy acá, colgado)- ¿Qué hacés acá boluda? ¿Cuándo llegaste?

- Hace horas - respondo mientras lo abrazo brevemente. Vos te tildaste con la sonrisa, o estás muy feliz de verme. De cualquier manera, no hacés más que ponerme nerviosa - Justo pasaba por acá, vine a buscar unos papeles para mamá a una oficina, y los vi - invento tratando de parecer casual y despreocupada. Vos me mirás con interés y Hernán frunce el entrecejo. Por suerte, deja de darle importancia al segundo a mi argumento poco creíble.

- ¿Qué tal el viaje, increíble no? Vi un par de fotos - comenta Hernán y asiento. Vos no me sacás los ojos de encima y se que lo hacés por venganza porque te salude con un gesto (nada de contacto). Siempre al límite.

- Sí, soñado - respondo, tratando de concentrarme y exhalo rápidamente - Difícil volver a la rutina... y a Buenos Aires.

- ¿Y qué onda los yanquis? - pregunta divertido. Sabía que iba a preguntarme eso y no hace otra cosa que incomodarme más de lo que estoy. No porque no tenga confianza con Hernán (es más, siempre fuimos amigos) sino porque que vos estés parado al lado es un condicionante - ¿La rompiste no? – y me guiña un ojo.

Y basta solo ese comentario para que se te vaya esa actitud canchera y pedante que estás teniendo. Te rascás la nuca, desarmado y de repente, e irónicamente, me siento menos expuesta.

- Y viste que el extranjero es la novedad, eso claramente fue algo a mi favor - digo, misteriosa luego de pensar una frase que concuerde con lo que yo hubiera hecho de no tenerte en mi cabeza y dando una respuesta lo suficientemente vaga como para darte algo en lo que pensar - Bueno chicos, me voy. Tenemos que juntarnos eh...

Fruncís el ceño unos segundos y desviás la vista al grupo que esta charlando a nuestro lado. Atino a morderme el labio pero me contengo a tiempo e improviso una sonrisa para Hernán.

- Dale, organizamos algo - concuerda Nan y lo saludo con un beso en el cachete, luego de saludarlo. Vuelvo a llamar tu atención, cuando te palmeo en el hombro, a modo de saludo, y tus ojos marrones brillan, al sentirme - ¡Chau Pocha!

Me doy vuelta y desenredo los auriculares con la mayor rapidez posible, para no caer en la tentación de darme vuelta y mirarte. Demasiada suerte tuve de que Hernán me crea que vine a hacerle ¿trámites a mamá? recién llegada ¡En qué cabeza!

Una vez en la esquina, doblo a la izquierda y en la siguiente lo mismo, emprendiendo mi camino de regreso. Recién ahora mi corazón esta recobrando su ritmo natural y vuelvo a ser yo.

Puteo al ver que la batería del iPod paso a mejor vida y lo guardo en el morral con mal humor. Gracias al abandono inoportuno de mi reproductor de música, ahora solo somos mi mente y yo.

Revoleo los ojos, al recordar la patética escena de recién (para mí y para vos, porque para Nan debe haber sido de lo más extraña) y me consuelo con pensar que al menos te vi, y te sembré la duda. Eso me hace sentir un poco mejor.

- ¡Pará! - atina a decir una voz ahogada, a principio de cuadra, y cuando la reconozco como tuya, sonrío. Se ve que esquivaste a tu amigo, quién sabe cómo, y te las arreglaste para encontrarme. Después de correr un par de cuadras, claro.

- El fumar es perjudicial para la salud - grito, sin mirar hacia atrás y escucho un sonido deforme; algo así como una risa. Me contagio y continúo mi caminata por la calle Tucumán.

- Vos me estás matando - respondés como podés y me muerdo el labio, porque sos así sin esforzarte - ¿Podés parar de caminar?

Me detengo metros antes de llegar a la esquina y me doy vuelta para ver como te llevo varios de ventaja (que parecen más de lo lento que caminás). Respirás agitado, como si hubieras corrido una maratón (estás jodido en serio).

- Tuviste suerte de que no tengo plata para el taxi, sino... - comento, graciosa y vos no respondés, solo haces un gesto que no llego a interpretar. Enarco una ceja, mientras te observo caminar de la manera más chueca que existe.

Espero que pares una vez que estás lo suficientemente cerca pero no lo hacés; sino que directamente me abrazas, sin escalas, de la manera más sentida que alguien alguna vez lo hizo. Y no puedo dimensionar cuantos sentimientos hay en este abrazo.

- Te extrañe mucho - decís, entre mi pelo, e intento responderte, pero solo logro articular un extraño sonido, de lo abrumada que estoy.

- Yo también - te digo, una vez que aclaro mi garganta y me separo, mirándote a los ojos. Bajas tu mirada a mis labios y yo instintivamente acomodo mis manos sobre tus hombros. Solo por si acaso.

Volvés a mandar mi pulso a las nubes cuando siento tu respiración a una distancia mínima y te beso, para terminar esa tortura. Nos envolvemos en ese frenesí por tiempo incalculable, tratando de recompensar el perdido durante 3 meses. Y nada nos alcanza.

- Mucho, mucho. - murmurás entre besos, haciendo referencia a cuánto me extrañaste. Callate.

Me acomodo contra la pared de algún edificio de por ahí y tu cuadernillo empieza a clavarse en mi espalda. Y el dolor me devuelve al mundo real.

- Pará que nos puede ver alguien Pedro - pido, mirándote a los ojos intermitentemente. Necesito mantener mi punto y estableciendo contacto visual con vos no lo voy a lograr.

- No te preocupes, Nan se fue para otro lado - decís apoyando tu palma derecha sobre el mármol del edificio, con el brazo extendido. Me clavás tus ojos marrones y de repente tengo un deja vu.

- Bueno – digo (ni fácil era), tratando de escaparme de tu mirada y vos redoblás la apuesta acercándote el doble. Dios.

Encuentro un escape pasando por abajo de tu brazo y doy una vuelta, rodeándote y aplicando técnicas de evasión de hockey. En algún momento, hice deporte en equipo; hoy, trato de hacerte entender que el skate no es un deporte extremo. Te escucho reír y retomo mi caminata.

- ¿Cómo es eso de que la extranjera garpa? - preguntás con una media sonrisa una vez que alcanzás mis pasos. Paramos al llegar a la esquina.

- Eso es una cosa mundialmente aceptada - respondo con tranquilidad y vos esbozás una sonrisa entre dientes - ¿Juli garpa? - inquiero y comienzo a cruzar la calle. Vos me imitás.

- ¿A qué viene esa pregunta? - preguntás y entorno los ojos. Esa no era la respuesta que quería escuchar.

- A que si estás con ella es incógnita nacional - comento, sin dejar de caminar. Volvés a reír y yo me arrepiento de haber preguntado - No quiero que pienses mal, solo quiero que las cosas sigan claras entre nosotros.

Te miro de reojo y vos mantenés la vista al frente. Suspiro y me concentro en las vidrieras a mi costado.

- ¿A vos también te preguntaron? - preguntás, con una mueca. Era hora de que cortes tanto misterio - Nunca garpo para una relación. Me cae bien, es buena onda pero no me interesa de esa manera.

Sonrío inconscientemente y vos carcajeas. Saber el lugar que ocupa la mosqui elimina mis dudas y mi sentimiento de inferioridad frente a ella.

- Sí, tus amigos están preocupados - respondo, en referencia a tu primer pregunta y vos negás con la cabeza - Dales un poco de bola.

- ¿De verdad te preocupan ellos? - decís, gracioso y me muerdo el labio inferior. Vos te tomás todo muy a la ligera pero a mi me preocupa enormemente que sospechen, cualquier cosa. Más si este poco interés en Julieta es público y yo sigo pasando vergüenza en los lugares que frecuentas.

Te brindo una mirada de desaprobación, aún mordiéndome el labio, cuando de reojo creo ver a Florencia. Se me para dos segundos el corazón, pero recobra su ritmo cardíaco cuando la miro por segunda vez y me doy cuenta que fue un flash mío.

- Más me preocupa que nos vea alguien - comento, abriendo los ojos, entre irónica y preocupada. Exhalo y mientras cobró un poco de seriedad (y serenidad) me paro en el medio de la calle.

Vos, me observás con esos ojos de perrito mojado y se que comprendiste que es mi manera de proponer que nos despidamos (por el momento). Tenés un lapsus de unos segundos, colgado en mi mirada y enarco una ceja.

- ¿Puedo acompañarte a tu casa? - pedís, cuando volvés de esa laguna mental, y te miro atónita ¿No entendiste lo que te dije no? - De última, te cruce en la avenida y me estabas contando... De tu viaje... Porque somos muy amigos - agregás con una media sonrisa y apoyo mi mano en mi frente, sonriendo. Te agachás un poco, buscando mi mirada y dejo caer mi brazo; tu sonrisa le gana a cualquier negativa por afano.

- Está bien... ¿Amigo? - y hacés una mueca de dolor. Aguantatela ahora, ¡fue tu idea!

- Me gusto tu sorpresa - decís mientras volvemos a caminar, al mismo tiempo. El tránsito de las 2 se hace notar, y así también sus ruidos y la gente apurada caminando (odiándonos por ir boludeando por la calle), pero nosotros no percibimos nada más allá de nuestro mínimo radio de alcance. Me rio y te empujo suavemente, y vos me regalas tu mejor sonrisa. Esa, que hace que la espera, haya valido la pena.

Ojalá el capítulo este a la altura por la larga espera de este encuentro. Yo quede muy satisfecha, la verdad, y eso es mucho decir para lo inconformista que soy jaja.

Pronto se viene el que sigue, besos!!

Lu.

pd. dedicadísimo a lau, mi gran amiga siempre.